Cosas de Chicas: Donde quiera que estés… perdón

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Buscaste libertad en el silencio del olvido 

Dedicado a tu memoria preciosa niña

 

 

¡Hola! Mi mala postura al escribir empieza a hacer efecto esta penosa madrugada. Hoy el dolor es más profundo a lo acostumbrado. Cala mis huesos. Lleva tu nombre.

El sentido de culpa es un peso sobre mis entumecidos hombros, que tal vez esta noche pueda liberar un poco aquí, entre líneas ahogadas, tóxicos cigarrillos y numerosos tés de manzana.

Lo siento.

Lo siento.

Lo siento.

Escúchame donde quiera que estés, mi niña hermosa… Lo siento.  Jamás me perdonaré.

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Hace pocos años, cada miércoles y sábado, me levantaba a las seis de la mañana, para llegar puntual a las ocho al portón verde oscuro de la cárcel de mujeres de Santa Mónica.

Los lunes no eran lunes, eran dos días para el miércoles. Cada viernes, una noche tranquila para el esperado sábado.

Al principio de esta historia, iba a visitar a dos amigas,envueltas en un claro caso de homofobia e influencias al mejor estilo de una película de horror. Un entripado que finalmente llegó a su fin, con la libertad de ambas y muchos sueños rotos.

La dinámica era siempre la misma. El alquiler por un nuevo sol de una falda negra obligatoria para el ingreso. La fila interminable si el tráfico demoraba unos pocos minutos. La identificación en la entrada. Los sellos en el brazo como si marcaran vacas. La revisión completa de cuerpo a la que jamás te acostumbras. Rejas. Barrotes. Rejas. Barrotes y rejas. Felicidad limitada por horas que volaban. Olvido selectivo. Abrazos y tristeza indescriptible, minutos antes de las cinco de la tarde.

Dentro de la prisión conocí historias increíbles. Romperte el corazón escuchando aquellas voces apagadas era muy fácil. La capacidad humana para adaptarse es algo que aprendí a admirar. Aquel lugar era un refugio que se hizo un hogar. 

Vi la desesperanza en cada caso. El tiempo pasar. Los abogados decir que faltaba poco. El contar de las horas, días, meses y años. Un infierno cerquita de donde vives.

Una de tantas miradas de melancolía, era la de ella.

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Katerina Simms tenía apenas diecinueve años cuando la conocí allí. Podías ver a través de su blanca piel. Sus ojos del color del mar, eran ventanas donde parecía escurrirse una lluvia eterna. Cada hebra de su larga cabellera brillaba como el sol. Su rolliza anatomía despertaba en mí un ímpetu bastante extraño. La deseaba de una manera muy tierna.

Pronto empecé a visitarla a menudo en el pabellón “B” donde purgaba su condena.

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Katerina era de Holanda. Había vivido una vida muy difícil. Estudió solo la primaria. No conoció a su padre y desde pequeña se había dedicado a trabajar para ayudar a su madre enferma. Tenía dos hermanitas pequeñas de padres distintos que eran su adoración. Casi sus hijas.

La fábrica donde trabajó por años siendo menor de edad cerró. No había trabajo en ningún lado. Su familia tuvo que irse a un albergue. La desesperación era terrible. El hambre inclemente. Tenía que hacer algo por cambiar la situación.

El destino se reía a carcajadas aquella tarde que conoció a aquel amable hombre, que la llevó a trabajar a una fábrica de metanfetaminas.

Ella no sabía ni lo que era. Sabía que era ilegal, pero el dinero en ese momento le era importante para sobrevivir. Sus hermanitas estaban bien, su mamá mejoraba. Alquiló un lugarcito soñado lejos de donde había crecido. Un pedacito de cielo para quienes amaba con todas sus fuerzas.  

¿Qué importaba lo demás? ¿Qué importaba cómo lo había conseguido?

A los dieciocho años viajó con medio kilo de cocaína al Perú. El mismo hombre que la puso a trabajar en la fábrica y el que le prometió que no pasaría nada cuando la envió con los zapatos llenos de droga, la denunció, para distraer otro “pase” más grande. Ella sólo había servido como comúnmente llamamos  de “Carne cañón”.

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Hablábamos mucho. Mi inglés fue desempolvándose y nos hicimos amigas cercanas. La afinidad era hermosa.

Mis ganas de besarla se frenaban constantemente, con la dulzura inocente y cálida de sus palabras amicales. En algún momento sentí que ella quiso probar aquello que la hacía sentirse tan cercana a mí. Yo no la dejé. Todo era perfecto así.

Consiguió un celular dentro por unos pocos soles. Hablábamos día y noche. A todas horas. Las madrugadas eran hermosas. Supe más de ella que nadie.

Comenté en mi círculo de amigos la linda relación y el cariño que sentía por Katerina. Alarmados me dijeron que eso era muy peligroso. Me contaron sobre personas implicadas en casos de narcotráfico de manera arbitraria y degradante. Mi familia se unió a la causa.

Las anécdotas empezaron a llegar a mis oídos como una señal que no pude pasar por alto.

En la cárcel las historias de vida eran realmente fuertes.

– Una mujer había alquilado su departamento de San Isidro, a un francés empresario, que resultó un delincuente “rankeado” en todo latinoamérica. No le hicieron preguntas cuando irrumpieron en su casa. Llevaba siete años tratando de demostrar su inocencia.

– Una mujer se había casado con un guapo iraní que viajaba mucho por negocios. El día que entraron a su casa a llevársela, ella se había enterado que estaba embarazada. Llevaba diez años presa y su hijito fue arrebatado a los tres años de su lado, como es ley.

– Una mujer tenía un novio desde la adolescencia, con el que convivía desde hace cinco años. La relación iba muy mal y ella decidió dejarlo. Él se deprimió y tuvo una sobredosis que lo mató. Ella no sabía que él consumía drogas, mucho menos que en el closet había un piso falso donde guardaba grandes cantidades de pastillas alucinógenas. Llevaba cuatro años privada de su libertad. Con un caso que parecía estar detenido en el tiempo.

– Una mujer estaba condenada a vivir allí por veinte años porque su desaparecido padre era un narco de peso, y a ella le encontraron en casa una aparatito para pesar frejoles.

Le podía pasar a cualquiera. Todos estamos expuestos a este tipo de situaciones, ajenas a nuestro control.

Empecé a sentir miedo.

Sentí que me seguían. Me encontraba con un tipo más de dos veces por la calle y no quería salir de la oficina. Unos tipos se paraban fuera de mi casa y yo espiaba por la rendija de la ventana. Llamaban por teléfono, colgaban y yo ya estaba al borde del llanto.

Mi paranoia desató una crisis de ansiedad que me hizo encerrarme en casa por casi dos semanas.

Dejé de contestar los mensajes de Katerina. No respondía llamadas de teléfonos desconocidos o públicos. Fiel a mi estúpido estilo, desaparecí.

Este es el último mensaje de ella. Copiado exactamente como lo escribió. Me lo sé de memoria:

“entiendo ke ya no kieres hablr conmigo pork no soy buena en tu vida. Solo kiero ke cpas ke nunca me cnti mas feliz ke contigo yo quiere decirte ke tu compania fue todo pra mi. tu eres mis ojos alla. Yo te espere siempre si tu cambias de opinion. I love u so much”.

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Ha pasado más de un año desde que leí este mensaje más veces de lo que leí algo nunca.

Katerina fue cambiada de penal y recluida en un régimen estricto que constaba de una hora de caminar en el patio y las demás horas encerrada en un espacio diminuto sin una sola ventana. Esto ocurrió producto de haber dado información del hombre y de la organización criminal que la había llevado a prisión, en el juicio que la condenó a treinta años.

Se suicidó ayer.

Lo siento. Jamás me perdonaré el haberte dejado sola. 

Voy a tratar de comunicarme con tu familia. 

Donde quiera que estés… I love you so much. I’m so sorry my beautiful girl. I’m so sorry. 

 

Marianella Castro Robles.

 

 

También escribí :  El Cigarrillo y Yo #CosasDeChicas