Crónica: El Espacio Que Habitas

Compartido

Tus dedos se deslizan por las cuerdas. Estás en ese espacio que habitas cuando tocas. Sostienes el bajo contra tu cuerpo y le haces el amor. A ratos con violencia, otros con delicadeza. Estás ensimismada.

La primera nota abre un portal y lo atraviesas. Hasta que termines la pieza, el ensayo, el chivo, no regresarás. Durante ese rato sólo otras notas podrán alcanzarte.

Eres, ante todo, música. Sientes la energía recorrer tu cuerpo, apoderarse de ti, fluir por tus dedos y la conviertes en una fuerza inmensa que va hacia el público.

Tu bajo es el centro de tu poder. Cuando lo tienes entre tus brazos comienza la magia. El amplificador es el megáfono de lo que necesitas expresar.

 

Gabriela despliega su energía sobre el escenario.

Gabriela despliega su energía sobre el escenario.

 

Y pensar que sentiste tanto miedo de perder ese espacio. No podías ni imaginarlo. Tienes casi 20 años de ser una autodidacta, una amante de sonidos y canciones, que vive para tocar aunque aún no toca para vivir.

Por eso cuando decidiste que ya no lo harías como el hombre que intentaste ser, sino como la mujer que eres, Gabriela, temblaste ante la posibilidad de no poder estar de nuevo sobre un escenario y observar los cuerpos que se mueven, que se estremecen, bajo el sonido de tus notas como una Flautista de Hameling que provoca mosh pits y aumenta la temperatura de Mundo Loco o de Nicaragua.

 

Todo es culpa de Metallica

Tenías sólo 5 años cuando jugabas en la casa de un amigo y escuchaste los acordes que te cambiarían la vida: Metallica sonaba en la otra habitación con “For Whom the Bell Tolls”:

A esta icónica banda le siguió Europe. Escuchabas sin pausa  uno de sus casete en el boombox que tu mamá te regaló, como se oía la buena música de antes.

Ella fue también la responsable de llevarte a tus primeras clases de guitarra. Para entonces, ya habías descubierto las bandas de metal que se convertirían en tus favoritas y el profesor, en cambio, era miembro del coro de la Iglesia. Pero seguiste adelante y aprendiste.

El encuentro que llevaría a un romance de dos décadas sucedió cuando encontraste un bajo “amarillo pollito” que estaba guardado en un depósito de tu colegio. Tenías 11 años en ese momento y cuando sentiste las cuerdas gruesas entre tus dedos supiste que habías “encontrado tu charco”.

Para ti, Gabriela, no hubo otro instrumento después de ese.

Tu adolescencia transcurrió tocando música, especialmente folklórica en el grupo del colegio. A solas en tu habitación, escuchabas a Guns and RosesIron MaidenKiss y te hiciste adicta a perderte en sus acordes. Death se hace rápidamente tu grupo favorito y lo seguirá siendo a lo largo de tu vida. Escuchas, una y otra vez, “In Human Form”:

A los 15 años comenzaste tu primera banda y te subiste a un escenario “de un chinchorro” para tener aquel chivo que te presentaría al mundo como bajista. Y fue un desastre. Todos los instrumentos y amplificadores estaban conectados a una regleta que comenzó un incendio, pero no te desanimaste.

Hoy lo recuerdas y te ríes, mientras te alistas en el vestidor. Previamente la banda había elegido el vestuario para esa noche: botines; leggins negros; una falda también negra; y una blusa con un estampado de calaveras. Metal y sensualidad.

Has tocado tantas veces frente a una audiencia, pero esta se siente como la primera vez y lo es: es tu primera siendo tú misma, siendo Gaby.

Estás tan nerviosa como aquella vez que, a los 17 años, viajaste de tu natal San Carlos hasta San Ramón, llevando a tus amigos –previa autorización de su mamá- en el carro de tus padres y con la batería en el techo, para tocar en una competencia de bandas en la sede la Universidad de Costa Rica (UCR) de esa ciudad. No ganaron. Ni estuvieron cerca. Pero lo disfrutaste enormemente.

Pronto te mudarías a San José y tendrías y participarías de muchas bandas. Aunque tu corazón es metal y sus subgéneros, has recorrido los caminos del jazz, la salsa, el rock en todas sus formas, el pop, los ritmos latinos, y cualquier otro que te mueva. Lo tuyo es la música.

 

 

Vivir a Gabriela

Que nadie se dé cuenta. Es lo más importante para ti. No sabes por qué está mal, pero entiendes que nadie puede saber que te pones en secreto las faldas de tu hermana para verte en el espejo.

Te gusta en especial una café, que te hace sentir hermosa, incluso cuando te obligan a usar el cabello corto y te digan, una y otra vez, que debes “ser un hombrecito” aunque tienes unos pocos años de haber nacido.

Tenías sólo cinco cuando un reportaje en Teletica se convertiría, durante mucho tiempo, en la única imagen que tendrías de mujeres trans: aquellas que trabajaban en las esquinas de San José, cerca del Parque Morazán, y cuyos rostros marcados por la tristeza y surcados por la angustia se quedarían contigo para siempre.

Aún hoy, cuando te miras en el espejo Gabriela, puedes ver en él esos rostros. Ahora comprendes por qué esos segundos que ellas estuvieron frente a la cámara te marcaron tanto. Intentas no pensar en eso mientras te maquillas para el show.

Cada trazo de los pinceles no te llena de base o polvo, te delinea la femineidad.

Cada trazo del lápiz en tus ojos revela tu delicadeza y, a la vez, la intensidad de tu mirada.

Cada movimiento de tus dedos convierte tus párpados en fuerza pura echa color.

Y el movimiento fluido del labial sobre la curva de tu boca, entreabierta, dulce y valiente, va amplificando la mujer empoderada que eres.

Incluso en aquel pequeño espacio donde te alistas, aunque tus manos tiemblen ligeramente, Gaby emerge de ti y ya no hay nada que la detenga. Le subes el volumen, la liberas, la muestras al mundo.

Gabriela tiene cuatro bajos distintos que usar para tocar distintos géneros.

Gabriela tiene cuatro bajos distintos que usar para tocar distintos géneros.

 

La reconoces como el día que descubriste una película que no debiste haber visto: Hugo, Pool Girl (“Hugo, La Chica de la Piscina”). El poster de la película mostraba a una mujer, pero su nombre era el mismo que te pusieron tus padres al nacer porque decidieron que tus genitales te hacían un hombre. Y ahí te viste. Hugo. Mujer.

Alyssa Milano protagonista esta comedia romántica.

Alyssa Milano protagonista esta comedia romántica.

 

Pero esa sensación que te invade es algo que no puedes comentarle a nadie. Tienes que guardarlo en ese espacio que llenas con todo lo que no reconoces de ti: que te gustan las mujeres, pero también los hombres, la persona que sabes que eres, la música que quieres tocar, la vida que quieres llevar.

Te desgarras constantemente en el intento de sobrevivir el bullying interpretando el papel del “macho” que te enseñaron. El que los hombres tu familia, y los círculos de tu natal San Carlos esperan que interpretes: varonil, agresivo, fuerte, tosco, aunque no lo logras. Siempre hay un momento en que cruzas las piernas con delicadeza, o te disfrazas con una peluca y te pintas los labios con coquetería, o cuando tus manos trazan tu verdadero yo en el aire con tus gestos.

Gabriela: te ahogas.

Ahora te falta el aire porque estás asustada y emocionada. Puedes sentir la energía de los cuerpos que llenan el espacio, que esperan que suban al escenario, y eso hace que te falte el aire.

Pero nunca como te sentías cuando intentaste decirle a tus amigos de infancia y adolescencia que no eres heterosexual y no te quedó más opción que abandonar la ciudad que te vio nacer y crecer, y hacer vida en San José.

O como te sentiste durante esos dos años, ya en tus veintes, que te travestías por las noches, con la complicidad de quién fuera primero tu novia, y luego tú esposa, pensando que era un fetiche, algo que hacías para tu disfrute sexual.

Cuando te divorciaste de ella dejaste de hacerlo, pero lo extrañabas increíblemente. Conociste a otra mujer e intentaste hacer una vida con ella, sólo para que esa sensación de ahogo creciera. La cárcel se te hacía cada vez más estrecha y el oxígeno cada vez más poco.

Finalmente, respiras profundo. Mucho ha sucedido desde que hace unos tres meses decidiste que ya no podías más. Desde que te diste cuenta que ser de a ratos como travesti es insuficiente: necesitas ser cada día y todo el tiempo.

A Caroline, de Estados Unidos, la conociste en un chat de “crossdressers” hace unos años. Ahora ella ha decidido asumirse como mujer y empezar a transicionar. Y en su valor encuentras el tuyo.

 

En Concierto

Unicornio, tu carro, te lleva a toda velocidad hacia el Tecnológico de Costa Rica (TEC) de Cartago, donde llevas varios cursos para graduarte de Ingeniería en Sistemas, la carrera que comenzaste en la sede de San Carlos y ahora intentas terminar ahí.

En vez de la pista, eliges recorrer las avenidas y caminos de los barrios hacia el campus. Encuentras la forma de manejar a toda velocidad mientras revisas el Facebook. Un evento, el lanzamiento de un disco, capta tu atención.

Escuchas los temas del demo y te mueven. Apoyas la movida musical nacional, de la que formas parte, y decides asistir sin compañía.

Esa noche estás en el Teatro Expressivo y los ves en concierto:

Más tarde suena “Noveno Mes”:

“Las luces presentes en cada rincón,

Imagen sensual, a copa y licor,

Todo lo que pasa a mí alrededor,

el tiempo incansable dicta a su favor.

Sigo el camino, ¿a dónde va?

Es el noveno mes,

Vas a encontrar el camino y responder,

Noveno mes, aquí estoy,

¿Cómo encontrar la razón?

¿Dónde y cuál es la cuestión?”.

Como esta noche, estás en un espacio pequeño y oscuro, sólo iluminado por las luces del escenario. La música llena el espacio y te llena a ti. Esta letra te recorre al mismo tiempo que la cerveza.

Ahí descubres que sabes hacia dónde va tu camino: eres una mujer y necesitas hacer la transición.

Esa noche le escribes a tu ex esposa por primera vez en cinco años. La citas para un café. Le cuentas cómo te sientes y ella te dice: “siempre lo supe”.

Te apoyas en ella para salir del closet. Ya es hora.

Le dirás a tus padres y al principio les costará aceptarte. Lo que no sabes esta noche, Gabriela, es que en unos meses lo harán y serás finalmente su hija.

Le contarás a tus amigos y amigas, los de siempre y los más recientes, y muchos te querrán y te admirarán. Otros tendrán que salir de tu vida.

Lo anunciarás también en el trabajo y ellos te pedirán que establezcas un día: el 30 de agosto de 2016, para presentarte en la oficina con tu nueva imagen frente a tus compañeros.

El día de tu nuevo nacimiento. En el que resurgirás como quién eres.

Recuerdos todos que pasan como una ráfaga por tu cabeza mientras, rodeada de los compañeros de tu banda de metal, Dekonstructor, repasan los detalles para el concierto de hoy: las canciones que tocarán, las transiciones, los detalles del performance. Hoy tocarán como lo hicieron en Nicaragua:

Su calidez y compañerismo ayudan a aplacar tus nervios, como lo hicieron aquel día. Habían pasado sólo una semana desde que hablaste con tu ex. Tenían reunión y estarían todos, así que decidiste que era el momento perfecto. Les anunciaste por Whatsapp que tenías algo importante que decirles y cuando llegaste esperaban impacientes. Uno de ellos te interrogó al respecto:

-¿Qué nos vas a decir, guevón?  ¿Acaso te vas a cambiar de sexo?

-Sí, en realidad –respondiste para su sorpresa.

Ahí fue cuando les hablaste de Gaby. Les explicaste que sólo querías ser quién eres y para ello necesitabas cambiar tu ropa, tu cabello, tu vida, para vivir tu género. Y su respuesta fue perfecta:

-Cuenta con nuestro apoyo. Necesitamos alguien que toque bien el bajo y no nos importa su género o cómo se vista. Vos lo hacés increíble y te queremos en la banda por eso – afirmó uno de ellos.

Otro agregó con una sonrisa:

-Y que no se atreva nadie a meterse contigo. O va a tener que vérselas con nosotros.

Ellos serán los primeros en ver tu capacidad pero no los únicos. En ese momento no sabes que te pedirán unirte a otros proyectos porque tu habilidad con el bajo, tu ética de trabajo y tu personalidad vibrante será el complemento perfecto para su alineación.

The Allan Proyect te buscará para darle vida a sus temas originales, y The Glorious Bastards te verá como la clave para traer de vuelta los clásicos del rock de los 60s hasta la actualidad.

Hoy han pasado tres meses. Es su primer chivo juntos desde entonces y uno muy especial: es el tributo a Death, el grupo de metal, que hacen cada año para recordar a su vocalista fallecido de cáncer.

Ajustas tus botas, revisas tu maquillaje una última vez, y tomas tu bajo. Tiemblas, pero igual subes al escenario para tomar tu puesto como lo has hecho desde aquella primera vez que tocaste ese instrumento en el colegio.

El público los mira expectantes. Comienzan a tocar y a medida que tus dedos recorren las cuerdas todos tus miedos se van con los acordes que hacen a todos mover sus cabezas y brincar.

De tu bajo emergen los sonidos, pero de ti emerge algo más. Tu femeneidad toma el escenario y las luces te resaltan. Te miran embelesados mientras dejas que esa sensualidad que tanto reprimiste se mezcle con tu rudeza. Te respetan por tu técnica y el orgullo con el que tocas. Tu ni siquiera los notas.

Estás en ese espacio que habitas al tocar.

Alcanzas el éxtasis con el bajo entre tus brazos, mientras le haces el amor frente a decenas de personas.

Eres una mujer trans tocando metal.

Eres música. Y eres Gabriela. Y eso es todo lo que te importa.

Gabriela Umaña toca uno de sus bajos en un chivo en San José.

Gabriela Umaña toca uno de sus bajos en un chivo en San José.

 

 

Esta semana celebramos la semana #trans en MOOVZ, la red social LGBT, un lugar seguro para la toda la comunidad #TRANS. Compártenos tu historia.

 

 

*Publicación original de Jess Marquez Gaspar para Diverso Magazine.

*Crédito Fotos: Gabriela Umaña, Cesar Santos Jr.