CUENTO: “En Otra Vida”

Compartido

   Jacinta zangolotea a Gregorio, falta mucho para que salga el sol, pero sino se para a esa hora difícilmente llegará a tiempo a su trabajo. La mujer prende la lumbre, calienta el agua para el café, con eso y un mendrugo de pan tienen suficiente para iniciar el día. El sale corriendo de su casa y se va por el camino que lo lleva a la plantación de caña de la región. El trabajo es pesado, pero tiene que mantener a muchas bocas y es que eso de traer hijos al mundo es algo que se les dio fácil a su mujer y a él.

 

Ese día el sol estuvo muy intenso, regresa molido a su casa, ya cuando va llegando ve a lo lejos a Nico, uno de sus cinco varones jugando con dos de sus hijas, estan bailando, pero es que Nico se mueve raro, se mueve como sus hermanas, se mueve como ellas. Gregorio ha notado esos movimientos desde hace mucho, además a Nico le gusta estar adornando su casa y se la pasa peinando a sus hermanas. Cuando Gregorio ve esas cosas siente que le hierve la sangre, llega, le da un beso a sus hijas, a Nico le da un zape bastante fuerte.

 

Todos los viernes Gregorio juega a las cartas con sus amigos en la cantina del pueblo. Uno de tantos viernes Jacinta le pidió a Nico que fuera a llamar a su padre, pues era ya muy tarde, el muchacho entro a la cantina, saludó a su padre y a los demás jugadores, le dijo que lo esperaban en casa, su padre se levantó, se despidió de sus amigos y al dar la vuelta escucho a uno de los que se encontraba allí decir:   _ ¡Pobre Gregorio, el Nico le salió joto!  Don Gregorio sintió en ese instante que la sangre le hervía de nuevo como tantas veces, sintió que el corazón le dio un vuelco, se volteó pero no supo quién había lanzado esa sentencia contra su hijo, les dirigió una mirada retadora, todos se quedaron pálidos, ya que Gregorio era un hombre muy respetado en el pueblo. El indiscreto hablador pedía en su mente que la tierra lo tragara.

 

De camino a casa Gregorio y Nico no emitieron sonido, Nico caminaba con la mirada fija en el camino, el padre absorto en la maraña de pensamientos que llegaban como en cascada a su cabeza, confirmaban que, lo que él había notado en su hijo ya era evidente para muchos otros, pero qué hacer, luego se dijo a sí mismo: _ Esto que tiene Nico, son puras mañas, aquí no pasa nada, lo que tenga ya se le pasará.

 

Entraron a casa, la madre noto la tensión, su marido le dijo a solas  que les prohibía a ella y a sus hijas que Nico se metiera en cosas de mujeres. Jacinta entendía que sus sospechas también se confirmaban, por más que ella le preguntó a su marido el por qué de su mal humor, el hombre no hablo del tema.

 

Gregorio se volvió más seco con Nico, era pesado, había momentos en los que deseaba que su hijo no existiera, aunque el padre no era de carácter alegre, era bastante amable con todas las personas, pero desde el incidente en la cantina su enojo con la vida era evidente. Toda la familia noto el cambio en el padre, pero el rechazo hacia Nico se volvió insoportable ya que ante cualquier comentario del muchacho, su progenitor estallaba y en algunas ocasiones le propinó los más fuertes e injustos golpes.

 

Luego de estos dolorosos momentos familiares, la culpa como una gran puñalada en el corazón le amargaba aún más la vida. La familia se fue dividiendo ya que sabían que el padre era la autoridad en casa y para evitar problemas se ponían de su parte, en especial los varones empezaron a ser hostiles con su hermano, su madre y sus hermanas le daban a Nico la poca dulzura y amor que cuando el era pequeño, había recibido a manos llenas por toda la familia.

 

Jacinta se la pasaba en la iglesia pidiéndole a Dios y a sus santos que le compusieran a su Nico, ella sabía que en ese pueblo de machos un maricón no podía existir. Un día la madre se armó de valor y buscando consejo le contó al sacerdote de la iglesia el problema que tenían en casa y las sospechas de que su hijo fuera marica, el sacerdote le dijo que tenía que rezar porque eso no era normal, eso no era natural y que si su hijo era un homosexual se iría directito al infierno. Jacinta sufría enormemente por su hijo y de presenciar la crueldad con la que Gregorio y sus otros hijos lo trataban y por más que les pidiera un trato amable para Nico, todos hacian de oídos sordos.

 

Todos sabían en el fondo el porqué del rechazo, el porqué de la vergüenza familiar, pero el tener a un marica en la familia era como una maldición, no se mencionaba nada en casa y poco a poco fueron ignorando al muchacho como si fuera un espíritu, como si fuera una nada. En la calle sus hermanos varones lo ignoraban, lo negaban y en otras ocasiones lo buleaban, cuando un extraño o un amigo de los hermanos se burlaba de Nico, lejos de defenderlo ellos también lo atacaban, incluso, algunos de los varones empezaron a decir que Nico no era su hermano, decían que era un recogido.

 

Nico sufría de una manera inmensa, amaba mucho a su madre y a sus hermanas y recordaba que hacia mucho tiempo también amó a su padre y a sus hermanos. Ahora sentía mucho resentimiento hacia ellos. Y sí, él era diferente, no podía ocultar su modo de ser, por más que había intentado portarse muy macho y hacer como que le gustaban las mujeres. El esperaba, que nadie se hubiera dado cuenta aún, que siempre estuvo enamorado de Miguel, su compañero de salón, para él no fue nada fácil disimular su manera de ser, no como el Jaime y el Pedro que se hacían los muy machos pero eran los jotos del pueblo vecino, esos si que se daban sus revolcones, él mismo los había visto en varias ocasiones en el monte, en una de tantas madrugadas que salía con la intención de colgarse de un árbol y terminar con esa tortura.

 

Después de varios años, un día al amanecer, se dieron cuenta que Nico no estaba en casa, su cama estaba perfectamente arreglada. Gregorio y la mayoría de sus hermanos lo tomaron con indiferencia, Jacinta y sus hijas con una terrible incertidumbre y preocupación, al otro día la madre recibió una nota de su hijo que decía: _“Mamá, no te preocupes, estaré bien, te amo”.  Luego de varias semanas de la ausencia de Nico, el padre dijo: _ ¡Ojalá qué ya nunca regrese y tú mujer ya deja de llorar!

 

 

 

Por  María Isabel Gavaldá para On The Moovz, el blog LGBTQ más grande.

 

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