La homofobia que no logramos ver, pero sigue ahí.

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Hace un par de meses estaba recordando cuando le dije a mi mamá que era gay. Su preocupación y llanto era más por cómo me trataría el mundo y cómo afrontaría los retos para no dejarme menospreciar por nadie. A partir de ese momento hubo muchos cambios positivos. Ninguno tuvo que ver con mi propia aceptación, mi sexualidad o mi autoestima. Fue este mismo mundo al que temía, el que me ayudó a bajar la guardia cuando salí del clóset.

En un abrir y cerrar de ojos, soy el pez más pequeño de la pecera en una agencia de publicidad dirigida por mujeres, y estoy contándole a mi jefa sobre un date de Brasil con el que estaba saliendo desde hacía un par semanas. Otro pestañeo más y ahora puedo “jotear” con mi jefe durante un almuerzo de trabajo en mi etapa de oficinista. Hoy, acabo de recibir a mis padres en el departamento que comparto con mi novio. En resumen, mi inclusión fue progresiva y exponencial. Una combinación de padres, diversidad laboral y la burbuja de vivir en una colonia donde es seguro ir caminando de la mano de mi compañero de vida sin importar la hora del día -aunque no dejo de estar alerta y voltear hacia atrás por costumbre-.

He leído tantas veces la palabra “privilegio” que la comienzo a bloquear inconscientemente. Me molesta que algunos la intenten estirar como si fuese un manto de “iluminación”. De tanto verlo en mi timeline me he preguntado: ¿vale la pena que armemos un alboroto tras sentirnos ofendidos por algo que leímos en redes sociales? ¿De qué nos sirve linchar al próximo Lord o Lady que nos recuerde nuestra realidad?

 

La verdadera razón por la que en México los gays no dicen que son gay, es muy simple: no se puede. A unos les ha valido el trabajo, a otros el título universitario y en los casos de más intolerancia, la familia. No puedes ir por el mundo diciendo abiertamente que te gustan los hombres o que simplemente le entras a todo porque entonces automáticamente, te acomodan en el mismo cajón del armario. En realidad en mi caso fue más fácil declararme primero bisexual, ya sabes, para amortiguar el golpe. Pero supongo que las cosas han mejorado, los chistes de gays ya no suelen tener el mismo efecto en mí. Aún recuerdo el vacío en el estómago al escuchar la palabra dentro de una conversación familiar o durante la cena de navidad cuando a algún familiar cercano se le pasaban las copas.

Algo que me llamó la atención del meme de Pilar Sicilia es que esa misma compilación de chistes ya los había leído infinidad de veces. Y muy seguramente, yo mismo utilicé más de par de esos chistes en algún momento. Puedes encontrar cada uno de ellos repartidos en tweets con el hashtag #UnaAmigaMás en el buscador de Twitter, llevan años allí.

¿Cómo puede un tren del mame aparentemente ir en la dirección correcta y el otro ir directo a la discriminación? Si lo decidiéramos con un aplausómetro comprobaríamos si nos enfada más los estereotipos dentro de nuestra misma comunidad o los que vienen de fuera.

Hoy está de moda ”retar” lo que se entiende cómo políticamente correcto. El problema que encuentro con esto es que muchas veces este concepto está tan diluido que detrás de la “disrupción” e “ingenio” se escudan prejuicios y tristes realidades sobre etnia, clase social, preferencia sexual y género. Está de moda defender hoy más que nunca la libertad de expresión, aunque el periodismo serio sea la profesión más peligrosa de ejercer en México, pero ¿saben qué es lo más avant-gard en redes sociales?: aprovechar la controversia que dispara el ruido de la conversación a diario.

No hay mucha diferencia entre un comediante con una rutina de chistes poco creativos sobre la realidad y María del Pilar Montes de Oca Sicilia. Ambos insistirán en que no entendemos el ingenio y talento detrás de su prosa o rutina. Dirán que lo que uno diga no necesariamente influye en cómo te comportas. ¿Lo entenderán también las miles de personas en las que influyen?

En nuestro país la población LGBTQ podrá tener visibilidad, pero carece del entendimiento y de la empatía de la población general. Nuestras representaciones actuales son contadas y comúnmente ridiculizadas. Aquellos que no se pueden poner en el lugar del otro sólo ven la punta del iceberg. Dentro del recién lanzado estudio y diagnóstico social de la comunidad LGBTQ en Latinoamérica, “Imparables”, se puede entender por qué la sed de contenidos en México y la región -que no sean activismo- beneficia a proyectos como Homosensual y Sin Etiquetas por su enfoque positivo alrededor de la homosexualidad y su apuesta por un periodismo que no discrimine, pero que tampoco deje de ser incisivo. Otra realidad es que la mayoría de las organizaciones y medios LGBTQ ni siquiera saben si podrán seguir operando el siguiente año.

Me gusta la revista Algarabia, explican las cosas como me las solía explicar mi papá cuando era niño. Me alegra volver a visitarla años después y aún encontrar su identidad entre los contenidos. Cuestionar a su directora editorial es entendible, exigirle una disculpa o buscar repercusiones a su trabajo sería algo inadecuado. ¿Por qué no mejor les hacemos un pitch para una nueva historia? Tal vez tengan espacio para una más sobre homofobia inadvertida, o tal vez una sobre la cultura de género en nuestro país y lo tóxico que puede llegar a ser el concepto de masculinidad en México. Quizás sea interesante escuchar lo que tenga que decir alguien que nunca ha cambiado una llanta en su vida o que tenga el iPhone dorado.

 

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