REFLEXIÓN: Gordofobia en la comunidad gay.

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Les contaré mi historia, y no lo haré para alardear o creerme mejor persona, sino para ayudar a muchos que están en la posición en la que alguna vez estuve yo. La gordofobia en la comunidad gay es más común de lo que imaginamos, aunque puede parecer un mito, de hecho, es parte de nuestra cultura… Una fobia tan arraigada como el miedo a parecer femenino o al no tener dinero para impresionar a los demás.

Entre los temas superficiales que invaden la comunidad LGBT, la gordofobia es uno de los más frecuentes ¿Han escuchado las típicas frases? “Pues no es tan feo pero está gordito”, o “ahora que bajó de peso sí me lo coj*”, o “esa gorda nunca va a brillar en sociedad”.

Hace unos años pesaba 88 kilos, 28 kilos más de lo que peso ahora. Mi bajada de peso se debió básicamente a una ruptura amorosa, pero creo que la presión social también tuvo algo que ver. Recuerdo ir al antro y no platicar con nadie, sólo con mis amigos, mientras que los más guapetones de mi mesa, se besaban con varios en el lugar. Esta cuestión no me molestaba, pero sí me llegué a sentir como el patito feo ¿sí saben? Había algunas personas cerca de mí que no consideraba atractivas pero tenían pareja, y yo seguía solo, por inseguridad  tal vez, o porque era gordo.

En una ocasión saludé a un chavo que conocía; su novio y sus amigos me llamaron “Petunia” -como la novia de Porky- por celos o por el simple hecho de molestarme, aún no sé la razón hasta el día de hoy. En otro lugar, un hombre más gordo que yo, dijo en voz alta en un coche mientras nos dirigíamos a un after “¿Pueden decirle a la gorda que se calle?”, yo no contesté nada, pero me bajé en ese momento del auto, y ahí me pregunté, ¿Hasta un gay con obesidad grave es capaz de decirle a otro gay con sobrepeso “gorda”?

Y bueno, después de unos cuantos años, mucho ejercicio e interminables dietas, bajé mi peso mucho más de lo que pensé, pero de forma saludable. Por primera vez en mi vida me sentí libre y orgulloso de quien era, sólo por estar tonificado. Mis citas y encuentros sexuales empezaron a aumentar, y aunque no era feliz al cien por ciento, seguí el patrón de muchos homosexuales hoy en día; buscaba una cara bonita, un cuerpo definido, y fantaseaba con que uno de ellos, se enamorara de mí después de un encuentro. Llegó a pasar que más de uno se encariñó conmigo, y casi todo era perfecto, pero la química nunca fluyó como debía, y me fui alejando poco a poco de las situaciones destructivas.

Hoy tengo 33 años, y siento que todo tiene sentido. Aún me preocupo por lo que como, y voy al gimnasio siempre que puedo, pero ya no lo hago por otros hombres, sino por mí. Ahora prefiero quedarme en casa con mi próximo esposo, estoy más feliz fuera del ambiente, aunque disfruto muchísimo de mis reuniones con mis mejores amigos gays.

Espero que algún día los estereotipos mueran, o que por lo menos, seamos menos superficiales para que las siguientes generaciones no sufran de Gordofobia. También los quiero alentar a olvidarnos de la condición económica de los demás, o de su color de piel, porque todos somos humanos, y en estos tiempos, la comunidad LGBT nos tenemos que mantener unidos.

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