Lo más difícil de salir del clóset con la familia

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Hace unos días me preguntaron qué fue lo más difícil de salir del clóset con mi familia. Eso me hizo recordar lo mal que la pasé sobre todo al inicio, cuando me di cuenta de que me gustaba una chica. En ese entonces yo tenía catorce años y andaba con un chico que se parecía a Kurt Cobain. Intenté alejarme de esa nueva amiga porque sentía que algo no estaba bien; lo que yo sentía no era normal, entonces lo mejor era alejarme. Por supuesto, a pesar de mis intentos, hice todo lo contrario.

 

La corta relación que tuve con ella fue un secreto para mi familia. No le dije a nadie, ni a mis amigas. Tiempo después la chica me dijo que ya no quería ser mi novia porque «ella no era bi». Ella empezó a andar con un chico y yo me quedé con mi secretito y mi corazoncito hecho añicos. Recuerdo que mi papá me preguntaba por qué estaba triste, pero yo sabía que no podía contarle nada; él siempre ha sido Opus Dei y ultraconservador. Pero los papás no son tontos y un día de plano me preguntó si era lesbiana. Hizo énfasis en la palabra lesbiana, usando un tono despectivo. Yo le dije que claro que no, y él replicó que qué bueno porque él no quería hijas lesbianas.

 

Cuando tenía dieciséis estaba aún más confundida. Un día un tío político me preguntó si podía ayudarme en algo; me dijo que me veía deprimida y que él me quería mucho, que podía hablar con él de lo que fuera. Cuando le dije que yo creía que era bisexual —sí, dije que eso creía porque no me era fácil aceptarlo—, él se sacó mucho de onda. Quizá pensó que estaba embarazada o algo por el estilo, no que le iba a salir con ese chistecito. Su consejo fue que tuviera relaciones con hombres. Yo le contesté que ya había tenido relaciones con hombres pero que aun así me gustaban también las chicas. Él me aconsejó que no le dijera nada a mi tía ni a nadie de la familia.

 

A los diecisiete, un día mi hermano me encontró llorando. Me preguntó qué me pasaba. Ese día yo iba a decirle a mi mamá toda la verdad —mi papá ya la sabía porque pues era obvio—. Sentí que podía confiar en mi hermano así que le dije lo mismo que a mi tío: que creía que era bisexual, y agregué que esa tarde iba a decirle a mis papás toda la verdad delante de mi psicoanalista. Mi hermano no supo qué decir y mejor se salió de mi cuarto. Un rato después volvió y me dijo: «Solo no se los digas como me lo dijiste a mí».

 

Por la tarde, mi psicoanalista me hizo el favor de decirles a mis papás que estábamos ahí reunidos para hablar de mis preferencias sexuales. A mi mamá casi le da un infarto. No se lo esperaba para nada. La noté verdaderamente preocupada. A mi papá lo vi resignado; desde mucho tiempo atrás ya se las olía, ya lo sabía. ¿El consejo? «Por favor solo no le digas a tu hermana».

 

Como a los dieciocho, creo que después del primer concierto de Placebo en la CDMX, regresé muy feliz a casa. Ahí estaba mi hermana, la menor. Yo ya traía unos alcoholes encima y después de contarle acerca del concierto sentí que era buen momento para decirle otra cosa que me hacía feliz; fue ahí cuando le platiqué que tenía novia y demás. Ella fue linda conmigo. No me juzgó. Yo creo que ya se las olía también; recuerdo una vez que me preguntó por qué me gustaba tanto Shirley Manson.

 

¿Qué fue lo más difícil de salir del clóset con la familia? Sentir que los decepcionaba. Que no cumplía con sus expectativas. Que no era la hija/hermana que ellos habían esperado tener. Que los avergonzaba. Que los perdía.

 

Espero que este texto sea leído por papás, tíos, hermanos… quizá con mi testimonio puedan comprender que es más difícil para una aceptarse. Si las personas que más amamos nos rechazan hacen que todo esto sea aún más complicado. Hoy entiendo que para la familia también es un shock. Ahora hay más aceptación, pero aún escucho historias y recibo mensajes de chicas que me cuentan que en sus casas son rechazadas por su preferencia sexual. Abramos la mente. Dejemos de juzgar. Aceptemos a la gente como es. Seamos y dejemos que los demás sean libres.

 

Que viva el amor.

 

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