Cuando te das cuenta que ya eres un hombre maduro. Cosas de TONES.

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Esto del tiempo y los años jamás dejará de ser un misterio. Suena trillada la siguiente pregunta hasta que, una mañana con prisas, saliendo de la regadera, te topas con el espejo y surge de tu cabeza esto: ¿En qué momento me hice grande?

De pronto, como líneas verticales de letras y números muy al estilo matrix, empiezan a proyectarse por tu mente imágenes y recuerdos en cámara rápida. Desde la foto fea que te tomaron en el cunero del hospital hinchado y enrojecido diez minutos después de haber nacido, tu primer piñata, la primer bicicleta, el primer día de clases, la moda de los 80´s, tus amigos de la prepa, tu primer borrachera, las fotos que nunca enseñaste, el primer novio a escondidas, hasta tu foto porno y comprometedora con algún ex, amante o chacal, viajes con los amigos, perros que en la ruptura de pareja lloraron tu ausencia, amores, momentos, paisajes y de pronto…. ¡Menos pelo en tu cabeza mientras te estás peinando! ¡Fuck! Se corta la proyección del tiempo de un chingadazo y volteas a ver el lavabo, evitando el reflejo en el espejo.

Pero en unos cuántos segundos, resulta inevitable confrontar la realidad. Entonces te acercas, te observas detenidamente, te estiras la cara con las manos, volteas a ver tu cuerpo, tiras la toalla y ya sólo tratas de comprobar si es verdad que con la edad se cuelgan los huevos.

No, todavía no llego a eso. Lo mejor de todo es que me gusta lo que veo en el espejo aunque ya es diferente a lo que creía que era y aunque evito ver cada mes el estado de cuenta de la tarjeta de crédito y mis gastos en cremas, lociones capilares, quemadores de grasa y demás.

Todos vivimos de una u otra forma aferrados a los años de juventud. Entre sueños y luchas, triunfos y fracasos, en el fondo creemos ser los mismos y vernos igual, pero no. Hay quienes se aferran a la frescura, a las nalguitas tersas y apretadas, al olor a inocencia y morbo, pero como de eso ya queda poco, entonces lo buscan (o buscamos) en otros. Es entonces cuando se vuelve oficial la etapa del “rabo verde”. Pero el rabo verde no es uno, porque el de uno ya está bastante madurito, más bien es el que buscamos entre las piernas de la lujuriosa juventud.

Sin duda es un delicioso proceso natural de la vida, lo que yo llamo la “sustentabilidad del amor”. Y es que cuando a uno ya le chuparon “casi” toda la juventud, uno tienen que empezar a chupársela a alguien más. Es lo que algunos llaman “justicia divina”.

Cuando yo era niño y le preguntaba a mi papá qué era alguna cosa, él siempre me respondía: “son tones”; “tones para los preguntones”.

Esta noche de viernes me pongo a escribir y si alguien me preguntara qué tanto escribo con una botella de vino casi vacía a mi lado y una copa manoseada con huellas de dedos marcadas por todas partes, yo respondería casi lo mismo que mi papá: Estoy escribiendo de “TONES”.  Solo que estos son “TONES para los 30-TONES,  40-TONES, 50-TONES y todos los que todavía tengan vista para seguir leyendo, aunque sea de lejos. Pero sobre todo, de seguir viviendo, porque después de los 30, lo más maravilloso sigue siendo disfrutar esas cosas simples, cotidianas y poco glamorosas que solemos hacer a puerta cerrada o abierta.

¿Qué haces tú cuando nadie te ve?

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