REFLEXIÓN: Me gustas pero no para ir a la cama contigo.

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Hay veces en las que sin ser capaces de explicar por qué, una persona a la que acabas de conocer te gusta, es decir, te atraen sus rasgos físicos, te resulta interesante su conversación, sus experiencias de vida, su filosofía, pero no te da esa atracción sexual.

Podrías incluso afirmar que objetivamente y razonadamente querrías ser su amante, su pareja, y acercar posiciones, pero resulta que esa chispa que generalmente suele saltar cuando te apetece acostarte con alguien, no salta. No existe.

Esto puede parecer desconcertante, y sobre todo hoy en día, porque vivimos en una sociedad y crecemos en una cultura que nos ha enseñado a “consumir” sexualmente a las personas, y a valorar nuestra atracción hacia ellas según la existencia o no del instinto sexual.

Hay un mundo detrás de ese espejo, en el que las personas valen mucho más que para un escarceo sexual. Si tratamos de quitarnos la cobertura de superficialidad con la que en muchos entornos nos tratan de cubrir, podemos darnos cuenta que la atracción hacia otra persona está formada por un caleidoscopio de atracciones diferentes, y cada una tiene su valor independiente.

Ante una situación como la que he expuesto al principio, tendemos a cortar por lo sano, y muchas veces, esa decisión viene favorecida por la presión social que existe y por las expectativas que nos hemos creado tanto de un lado de la historia como del otro.

Pensamos que podemos confundir a la otra persona si le seguimos “enviando señales” de que nos gusta, cuando sabemos que “nos gusta, pero no como para acostarnos”, y que esa persona, confundida con unas supuestas expectativas que sabemos que no se van a ser cumplidas, podría reprocharnos no haberlo dicho. Esa es la situación que queremos evitar por encima de todo, pues puede resultarnos bastante desagradable. No solo lo pensamos interiormente, sino que parte de la sociedad nos haría ese mismo reproche.

Existen varias estrategias para gestionar situaciones como esta:

Una comunicación empática, sincera y asertiva con la persona con la que estemos relacionándonos.

Una conversación donde expongamos de manera transparente nuestras expectativas, si es que las tenemos claras, pues no siempre es así. En estos casos, recordemos que tenemos derecho a no saber lo que queremos. En ningún momento hemos firmado un contrato irrompible, los sentimientos fluyen, y nuestras percepciones y expectativas pueden no estar determinadas o ser cambiantes.

No demos por hecho que sabemos lo que la otra persona quiere o espera, porque tal y como expongo en el punto anterior, puede variar en pocos minutos, según las circunstancias.

Y muy importante; olvidemos los patrones consumistas hacia las personas. Somos seres vivos, con sentimientos, y no objetos. Cosificar una persona puede ser una estrategia para economizar tiempo y esfuerzos, pero no por ello es aceptable. Y del mismo modo que la persona que se valora y respeta, no va a aceptar que se la minusvalore, una persona en paz consigo misma, no va a llevar a cabo esa conducta.

Dejándonos fluir en el presente cuando interactuamos con esta persona, y aceptándola tal cual es, podemos enriquecernos mucho de esa relación, olvidándonos de colocar etiquetas a lo que esté sucediendo. Como estamos manteniendo la sinceridad y la asertividad, no habría malentendidos, salvo, tal vez, expectativas no cubiertas por parte de esta persona, pero ese es un campo que pertenece a su trabajo interno, no al nuestro, en todo caso, podríamos guiarle en el proceso.

Quitemos las máscaras y las etiquetas, valoremos todas la esferas de la interacción entre las personas, sintámonos libres para querer sin presunciones, simplemente fluyendo. El mundo no es blanco o negro, está lleno de infinidad de colores. No sientas que debes escoger uno y hacerlo tu bandera, porque la vida fluye como la brisa en la montaña, elegir fluir tú mismo también es tu decisión.

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